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Cascar El Ajo por Julio César Izquierdo

Hay labores que por mucho que se repitan resultan baldías. Y el ejemplo más sangrante lo encontramos en los nidos de cigüeña. Todos sabemos que tienen la costumbre de afincar su vivienda en lo alto de las torres eclesiales, que son algo así como un chalet adosado con vistas al mar de cereal, como una casita molinera en la montaña. Puede que lo hagan por instinto o por tocar las narices a los párrocos, que no saben qué hacer cuando los nidos se multiplican y reproducen como esporas.

Además, ahora que el refrán ya es historia –pues las muy cabritas se quedan con nosotros todo el año, tienen mucho más tiempo para ir adecentando su parcela y la van creciendo poco a poco, creando auténticos rascacielos en las picotillas y salientes de las iglesias. Sin querer, suben y suben sus nidos con velocidad pasmosa, mientras vecinos y feligreses se llevan las manos a la cabeza. Y todos a una deciden que no puede ser, que tantos asentamientos hacen peligrar la estabilidad del templo y la cabeza de los mirones, que no dejan de mirar y mirar la gran obra arquitectónica de paja, palos y barro.

Mientras tanto, ellas siguen impasibles, diciendo ahí nos las den todas y al pan pan y al vino vino, que a fin de cuentas lo hemos hecho toda la vida y no es menester andar ahora con historias nuevas, aunque tiempo al tiempo.

Pero un día, ¡toma castaña! y los nidos a freír gárgaras de licor del polo. Se dejan un par de ellos para que no se diga y si te he visto no me acuerdo. Sin embargo, las avecillas no se desaniman y vuelven a armar el belén que ésa es su misión, pasando de las advertencias del sacristán y acólitos. Porque las cigüeñas son constantes, tenaces, perseverantes, burras y cabezonas, casi tanto como quienes se dedican a desmoronar sus casitas volantes.

Es más, siendo sinceros, tengo que decirles que siento admiración por ellas, pues parece que son las únicas que tienen las cosas claras y el chocolate espeso. Personajes que ya forman parte de nuestra realidad cultural, pues han sido las primeras inmigrantes que han decidido quedarse aquí, a pesar de los pesares. Algo que habla en su favor.

Al mismo tiempo, su capacidad de resistencia y de “no nos moverán”, invita a la reflexión.

Parece que tienen muy claro dónde está su hogar y sus raíces, que seguirán luchando
contra viento y marea y que desconocen el significado de la palabra desaliento.

Desde aquí, nuestra enhorabuena y que cunda el ejemplo.

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