Es una expresión muy común referirse a pérdidas de diversidad biológica cuando se suscitan cuestiones relacionadas con el medio natural, bien se trate de fauna o de flora, también cuando se cuestionan medidas correctoras de protección ambiental o la prevención de los efectos del presunto cambio climático. La biosfera está en constante evolución, todo se mueve de una forma más o menos cíclica, la diversidad de la vida, gestada a lo largo de cuatro mil millones de años, es el gran tesoro de nuestro planeta. Siempre hay algo que nace, muere o se trasforma, según se mire, ya que todo es relativo. La vida en la tierra muestra una diversidad que parece no encontrar límites. Los seres vivos, en cualquier manifestación, se han adaptado y conquistado medios tan diferentes como los océanos y el aire; se han asentado en cálidas y húmedas franjas tropicales, y también en las frías y áridas zonas polares. Además, los seres vivos han desarrollado relaciones características con otros seres vivos –animales, vegetales o minerales- y con el medio físico y climático en que se desenvuelven.
Toda esta diversidad biológica está en nuestro entorno aunque no nos demos cuenta y pensamos que la sabiduría humana tiene soluciones para casi todo. Aunque las apariencias engañan: en las modernas ciudades del primer mundo, tan ajenas a los ritmos naturales, los ciudadanos tienen a menudo la sensación de haberse sacudido la ancestral dependencia de la vida silvestre, de las tradiciones, de la cultura rural; pero se trata de un espejismo, en realidad, cada día, sin saberlo, utilizamos cientos de productos que deben su origen a las plantas y a los animales silvestres. Desde el pan de cada día hasta las medicinas y las costumbres de nuestros antepasados. La diversidad de la vida no sólo es fuente de beneficio material sino también de bienestar espiritual. Es más, hay que considerar una pérdida de diversidad el olvido de costumbres y formas de vida, de acervo cultural tradicional del medio rural ignoradas en la memoria de los tiempos.
Creo que existe una pérdida de diversidad respecto a la cultura tradicional y a las costumbres de los pueblos. A los más jóvenes no les interesa la música, la danza o el folclore en particular, ni las costumbres culturales y religiosas, de respeto social de su villa y en definitiva de sus orígenes. Vienen estas reflexiones a propósito de un encuentro musical para homenajear a un dulzainero, Mariano Gutiérrez, apodado “Calcón”, que recorrió fiestas, de quintos, de cofradías, romerías con danzas y paloteo, en una gran parte del siglo pasado por muchos pueblos de Tierra de Campos. Ahora, su hijo, Ricardo Gutiérrez, ha logrado recopilar las danzas de procesiones, pasacalles, paloteo, jotas y otras piezas musicales del folclore popular con las que Calcón puso la banda sonora particular de cada villa o lugar.
En estos pequeños encuentros se viven recuerdos olvidados y son sumamente positivos a todos los niveles de difusión del folclore. En el archivo sonoro de Castilla y León de la fundación “Joaquín Díaz” se ha grabado un disco con el repertorio de dulzaina de “Calcón”. Además, Ricardo, ha recopilado las partituras para que no se pierda una tradición folclórica que viene de finales del siglo XIX y de esta forma se cumple una continuidad que estaba rota cuando falleció su padre. La danza de San Roque, el pasodoble de San Cipriano, mazurcas y habaneras originales de dulzaina, y otras tradiciones de romances, coplas de ciego, pastoradas, rogativas, disparates y trabalenguas. Muchas tradiciones se pierden porque los ayuntamientos no pueden costear la investigación para recuperar el legado folclórico, religioso, costumbrista popular. ¿Tenemos derecho a hurtar el patrimonio cultural de nuestros pueblos? Un alcalde dijo: “que se pierda un pueblo antes que una costumbre”.
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