¿El hombre del mundo rural es un ciudadano? No, es un “ruraliano” que paga los
mismos impuestos que el que vive en la urbe pero tiene menos servicios y más gastos
corrientes. Es un superviviente que, por lo que sea, por circunstancias varias, mora y
habita en un ámbito que rechina a muchos por desconocimiento o porque siempre se vio
lo del pueblo como secundario. Como un punto en el que vivían los abuelos y en el que
se montaban y se montan unas fiestas de aúpa en las que todo tiene que ser, siempre,
inexorablemente, gratis.
¿El hombre del mundo rural es un ciudadano? No, es un sujeto, individual y colectivo,
que sufre políticas que se siguen aplicando bajo el prisma de lo urbano y que chocan
con una realidad llena de inconvenientes no previstos. Un hombre o mujer que se parte
el pecho de risa cuando escucha que se pondrán en marcha iniciativas encaminadas a
paliar las deficiencias en materia de igualdad de oportunidades.
¿El hombre del mundo rural es un ciudadano? No, es uno o varios, que tienen que coger
el coche para hacer las compras en la capital porque sus tiendas chapan por jubilación o
por falta de personal. Un mozo o moza que tiene que madrugar más que el resto para
recibir la educación gratuita y obligatoria.
¿El hombre del mundo rural es un ciudadano? Pues ahora ya no tengo ni idea, pero todo
indica que no, ya que sigue siendo el último en todo. El último en recibir las señales de
la televisión, el último en disponer de Internet, el último en enterarse de que le cierran el
cuartel de la Benemérita o la farmacia. El primero en alzarse para defender su modo de
vida, el segundo para quejarse (como buen castellano) y el tercero en la carrera
constante de obstáculos que tiene que sortear.
¿El hombre del mundo rural es un ciudadano? No, nunca lo ha sido y tampoco quiere
serlo, pero el resto del personal se empeña en que sí, en que se convierta y muerto el
perro se acabó la rabia. ¡Coño! No le da la real gana. Quiere lo suyo, lo que le
corresponde por historia, por herencia y por derecho, aunque le cueste millones de euros
a las arcas del Estado. Porque ser de pueblo y vivir en el pueblo tiene un toque
diferencial y un estigma cultural que habrá que preservar. Que ya se sabe que la cultura,
como dicen los progres, ni tiene precio ni tiene que repartir dividendos. Es y ya está, se
potencia, se valora y se da a conocer. Y siendo el ámbito rural un remanso de paz y
zancadillas que se pone en bote en los saraos y en los veranos de Dios, elevemos los
pueblos y villas a la categoría de “islas culturales” en las que se puede aprender mucho
de lo que fuimos y parte de lo que seremos si nadie lo remedia.
¿El hombre del mundo rural es un ciudadano? No y tampoco quiere, pues entre sus
muchos deseos están los pequeños placeres de la vida: aparcar sin agobios, tener
sentimiento de pertenencia, pasear sin polución, negarse a que le instalen vertederos de
residuos, pedir lo que en justicia le corresponde o tirar de la cadena sin que se entere el
vecino. Claro que de las cadenas que nos atan o desatan podemos hablar otro día,
dejando patente que lo urbano y lo rural tienen que condenarse al entendimiento, que
sabido es que sin pueblo no hay futuro. Frase mil veces repetida que muchos siguen sin
creerse y están en un craso error.
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