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De nuevo el verano, por José María Ruiz Ortega

            Iniciamos el verano astronómico que es cuando el Sol, por esa inclinación axial de la Tierra, alcanza el cenit  frente al trópico Cáncer. Un tiempo que se corresponde con el inicio del solsticio de verano en el hemisferio norte. Es el apogeo donde reina la luz y el calor, el triunfo del sol sobre las tinieblas, en este solsticio de verano con los días más largos y los rayos solares con menor inclinación, por lo que las temperaturas son potencialmente las más altas del año. Solsticio que significa “sol quieto”, ya que las horas de luz en unos días  apenas aumentan o disminuyen, según sea el solsticio de verano o de invierno. Por tanto, es la noche más corta y el día más largo del año -si admitimos por día las horas de sol- todo esplendor que nos sugieren las palabras madurez, cosecha, abundancia y celebración.

            Con más luz solar, nuestras energías se activan y nos sentimos más alegres y comunicativos, ya que las horas de sol nos hacen más activos. La mini-tertulia del café de la mañana es más positiva y divertida, es como si definitivamente dejamos atrás lo más oculto y surge una nueva etapa. El sol calienta más con su luz la geografía, y nuestros cuerpos, como parte integrante de este planeta, se cargan de magnetismo y adquieren un dinamismo que nos invita a salir al aire libre, a disfrutar de más horas de sol. Nuestra conexión con las actividades en el exterior se activan y la relación con el agua se agudiza con el calor, es como si recordáramos antecedentes evolutivos humanos de vida acuática y locomoción hidrodinámica.

            El verano se asocia a madurez, recolección, cosecha y abundancia para la fauna recién nacida y para el crecimiento de las aves. En el ciclo de la creatividad, el sol, el calor y el fuego engendra la Tierra; las cenizas de la hoguera fertilizan el terreno y es el final de una figurativa adolescencia y el paso a la madurez como seres vivos. Llega nuestro verano interior, como época de plenitud y madurez, de disfrutar de la cosecha y dar gracias por lo generosamente recibido de la naturaleza. Todavía, la palabra verano se vincula a tiempo de recolección, al agostero que trabajaba en las faenas de las eras durante la recolección de cereales. Hoy ya no tiene sentido el dicho de “hacer el verano” o ajustarse para trabajar en el verano, juntar cuadrilla de segadores para atropar gavillas y formar morenas en los campos recién segados.

            Pero el verano, como estación de más luz y calor, también significa vacaciones, ocio, celebración; la vida parece más fácil, nos sobra energía para celebrar y compartir con los demás, miramos el lado positivo de las cosas. Las grandes fiestas del año se celebran en los solsticios: en el del invierno con la Navidad y Año Nuevo y en este del verano, muchas más festividades patronales u otras motivaciones lúdicas compartidas. Con la música, cual cigarra que canta en la foresta en pleno festín de la opulencia, oímos el contrapunto sonoro con los grillos de la pradera y las gallináceas en los trigales. Por el influjo de la bonanza meteorológica es tiempo de organizar vacaciones fuera del lugar habitual, con situaciones más festivas y relajadas.

Es justo disfrutar del verano para celebrar encuentros y relacionarnos en el exterior, salir del invernadero de esta primavera palentina con un comportamiento bastante otoñal. De nuevo el verano, de vacaciones estudiantiles algunos con los deberes hechos a divertirse y relacionarse fuera de aulas o centros de estudio, otros, pensando en septiembre para recuperar materias no superadas. De nuevo el verano, con celebraciones festivas como ritos sociales de reuniones y desinhibiciones que implican seguir un patrón determinado, según de qué se trate la fiesta. Se puede disfrutar sin exceso, ya que el calor de la celebración vivifica, pero el fuego desbocado se transforma en desierto.     
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