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Sequeros, el Mirador de la Sierra de Francia.

Dicen los que bien conocen la serranía charra de la Sierra de Francia, que esta villa de Sequeros es el mejor mirador para contemplar sus imponentes paisajes. Después de visitar Sequeros nosotros también coincidimos con ellos, y quien lo ponga en duda que se acerque a los miradores de “La Cruz” o de la “La Sierra”, para ver si es cierto, que lo es.

            Hasta hace pocos años la villa de Sequeros fue “cabeza de partido” de esta singular comarca salmantina, uno de los territorios naturales y humanos más singulares de Castilla y León. Como recuerdo de la importancia política que tuvo Sequeros en la Edad Media, todavía se conserva en el centro de la villa la “Torre del Concejo”; encastillado edificio que formaba parte de las Casas del Concejo donde el conde de Miranda mandaba convocar a juntas a toque de campana (hoy marca el paso del tiempo un reloj), para desde allí nombrar alcaldes y regidores. Bajo su pórtico se localiza el Centro Temático León Felipe, pequeño museo que recuerda a este reconocido poeta castellano que pasó su infancia en este pueblo serrano.

            Frente por frente a este edificio que representaba el poder civil, veremos la granítica y barroca iglesia parroquial de San Sebastián y San Fabián, que reemplazó a otra más antigua que allí existía. Recorrer el casar y las callejas de Sequeros es poco menos que ir buscando rincones pictóricos, donde las luces y las sombras proyectan volúmenes casi imposibles. Sus fachadas de galerías corridas y posteadas, el granito y las paredes de entramado muestran todo el esplendor de esta bella arquitectura serrana. Por esta razón Sequeros, como otras villas de la Sierra de Francia, también ha sido declarado Conjunto Histórico-Artístico, con el fin de preservar su singular patrimonio arquitectónico rural.

            Pero en Sequeros pueden verse más cosas, la Plaza Mayor o Plaza del Altozano con sus dobles galerías sustentadas por rotundos pilares de piedra, la de Eloy Bullón en acogedor rincón adornado de arcadas, el pequeño teatro Liceo, un sencillo y acogedor aforo donde se hacen representaciones desde 1879, la ermita del Humilladero del siglo XV con sus bancos y mesas monolíticas; y un poco alejada del pueblo, pero en un paraje al que no hay que dejar de acercarse, el Santuario de la Virgen del Robledo, donde pediremos a algún vecino que nos cuente algo de la “Moza Santa” que allí está enterrada y de cómo la imagen que se allí se venera, se apareció dentro del tronco de un roble. 

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