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La vuelta a la escuela


Llegadas estas fechas, en que el comienzo del curso escolar es inminente, queremos hacer una reflexión mirando hacia atrás y rememorando cómo era en otros tiempos la vuelta a la escuela, y los recuerdos que en general guardamos todos de esos años inolvidables.

Septiembre, los días se van acortando, el verano va llegando a su fin y de nuevo un curso por delante. Esta rutina se ha ido repitiendo un año tras otro invariablemente. Con ella los preparativos, los nervios del primer día, la ilusión por ver de nuevo a los compañeros… Sin embargo, hay cosas que han ido cambiando con el paso de los años, con los acontecimientos y el modo de vida, y que inevitablemente han ido constituyendo su historia. Atrás queda el tiempo en que muchos niños no podían ir al colegio porque tenían que ayudar a ganar el pan de una familia, normalmente numerosa, o de aquéllos que aun yendo, se veían obligados a faltar por tener otras tareas que hacer. Era frecuente tener que ayudar en el campo, sobre todo al comienzo del curso, en que todavía quedaba la última trilla, barrer la parva o limpiar las eras. Quizá una tarde con las vacas o ayudando a lavar ropa en el río; y en los pueblos de pastores, al cuidado de algún pequeño rebaño que no había ido a Extremadura.  Eran otros tiempos, sí, pero han quedado en la memoria de nuestros padres y abuelos no hace tantos años.
Por dentro. En la mayoría de nuestros pueblos se trataba de escuelas unitarias para niños y niñas, en las que un único profesor tenía que atender a alumnos de distintas edades y nivel cultural, y que más tarde se separaron por sexos. Solían estar en el edificio del Ayuntamiento hasta que después se construyeron, quedando hoy muchas de ellas destinadas a otros usos, o tan sólo como recuerdo del pasado. Dentro el encerado, el mapamundi, la esfera terrestre, y los bancos y pupitres largos con cajón y agujero para el tintero, cuya tinta se hacía mezclando el contenido de unas bolsas con agua. La estufa como única calefacción, alrededor de la cual Juan Antonio en Valleruela de Sepúlveda, recuerda: “hacíamos turnos por filas para calentarnos, igual que para beber agua del botijo que teníamos en clase”. No faltaban los símbolos religiosos, como el crucifijo, el cuadro de la Virgen o los cuadros de oraciones de entrada y de salida que dos hermanas en Orejana, con más de ochenta años, me recitan aún al dedillo.
Para estudiar. Quién no recuerda el “pizarrín”, la cartilla para aprender a leer, el “Catón metódico de las escuelas” o la famosa “Enciclopedia Álvarez”. Lectura, copia o dictado, lecciones de aritmética, gramática, geografía o doctrina cristiana entre otras, era lo que ocupaba a los alumnos en su jornada escolar, que por la tarde sumaba costura para las chicas, y los sábados por la mañana el rezo del rosario. En algunos de los pueblos de nuestra comarca, como los de la Comunidad de Villa y Tierra de Pedraza, el Ayuntamiento pagaba el material escolar. En el “cabás”, precursor de las actuales carteras, se llevaban los cuadernos, el plumier con los lapiceros, y los entonces ya existentes “pinturines de Alpino”. Hablando con Ángel, de Zarzuela del Monte, recuerda con orgullo: “el mío me lo hizo mi padre de madera; quizá eran más bonitos los que se compraban, pero éste era más resistente”.
Fuera del horario escolar habitual había “clases de permanencia” que alargaban una hora más la jornada de la tarde, pero más antiguas son las “clases nocturnas”, que desde comienzos del siglo XX se impartían para quien no podía acudir en otro horario.
Se utilizaban los “libros de faltas o de asistencia” y  los “libros de inspección”, que en Orejana, Braulia recuerda como “cuaderno de rotación”, donde un alumno escribía la lección diariamente. En el Museo Pedagógico de Otones de Benjumea, se puede contemplar una extensa recopilación de todo este material; es uno de los pocos museos de este tipo existentes en la actualidad y quiere ser una pequeña contribución a la reconstrucción y recuperación del patrimonio escolar rural.
El maestro. Y cómo no, en el recuerdo de todos están las personas que fueron responsables de nuestra educación, apreciados y respetados, depositarios del saber y la cultura. Esos maestros y maestras de escuela que, a pesar de las muchísimas dificultades y penurias (no olvidemos aquello de “pasas más hambre que un maestro de escuela”), realizaron una abnegada, y muchas veces, no reconocida labor en estos pequeños pueblos donde eran siempre una referencia. Desde aquí nuestro sincero reconocimiento.
Otros recuerdos. Muchos recordarán costumbres obligadas como el “da usted su permiso” y descubrirse la cabeza, ponerse de pie cuando llegaba alguien a la escuela hasta que te mandaban sentar, o el “buenos días tenga usted” (o “buenas tardes”) a toda persona mayor que encontraras por la calle al salir de clase, que además dependiendo de quién fuera iba acompañado del consiguiente “besamano”. En todos los pueblos se recuerda la leche en polvo americana y ese queso anaranjado del llamado Plan Marshall español, que supiera mejor o peor, venía muy bien; los días de excursión, el “chinito” o “negrito” para la colecta de las misiones, y cómo no, los juegos de patio o al salir de la escuela. Las chicas jugaban a la comba, la ralluela, los alfileres, la taba… mientras que los chicos solían hacerlo a la pelota, los escarnícalos o las chapas, entre otros. En muchos pueblos se recuerda el juego de los “santos”, que se recortaban de las cajas de cerillas a modo de cromos, o como es lógico en Cantimpalos y muchos recordarán, las llamadas “penibéticas” con las chapas de los chorizos.

Imágenes, objetos, espacios, anécdotas, testimonios… que sería imposible agrupar aquí, pero que hemos querido transmitir en estas líneas. Eran otros tiempos, otros métodos y con muchos menos recursos que ahora, pero al final, la etapa de la escuela desempeña ese papel tan importante y único en la vida de las distintas generaciones, y que quedará en nuestra memoria para siempre.

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