La estrecha relación entre el comunero segoviano y el pueblo que con tanto cariño le acogió durante su vida y hasta después de su muerte
uando oímos hablar de Juan Bravo, todos pensamos en uno de los más famosos Capitanes Comuneros, que tanto hizo por Segovia, por la lucha contra la injusticia y en defensa de las libertades. Pero muy pocos sabemos que la vida del héroe estuvo estrechamente ligada a la vida y la historia de uno de nuestros pueblos, Muñoveros. Y es que este segoviano, que aunque no de nacimiento, sí lo era de corazón y sentimientos, amaba Segovia y como tal luchó por ella, pero encontró en Muñoveros su segundo hogar y llegó a ganarse la confianza y estima de todos sus vecinos, que a lo largo de los siglos, y hasta nuestros días, lo siguen considerando un hijo más del pueblo y un eslabón casi imprescindible en la cadena que ha ido componiendo su historia. Tanto es así que se convirtió en su sepultura, ya que según la tradición y casi con absoluta certeza, sus restos reposan desde su muerte bajo la iglesia románica de este pueblo. Pero, ¿ por qué estuvo Juan Bravo unido a Muñoveros?
La primera vez que el comunero llegó a Segovia fue en 1503, como contino de la Corte de Isabel la Católica, y su relación con este pueblo segoviano comenzó al año siguiente al contraer matrimonio con Catalina del Río, hija de un rico financiero segoviano. Éste dio en dote a su hija todos los bienes que poseía en Muñoveros: casas, cerca, palomar, huertos, prados y fincas, por lo que Juan Bravo quedó desde entonces unido a este pueblo, al que acudía con frecuencia y en el que pasaba largas temporadas con su familia. Comenzó así su amistad con el labrador del pueblo Alonso de Soto, que tanto le ayudó en el cuidado y administración de sus bienes, así como con Antón del Olmo o Antonio de Cuellar, este último vecino de Caballar, que llevaba en arriendo sus fincas sitas entre los dos pueblos. Juntos, y acompañados en múltiples ocasiones por Navarrete, el cura de Muñoveros, y por el médico, salían a cazar por los términos de Valdevacas, Arevalillo, El Cubillo o La Cuesta. Conoció las labores duras del campo y la enorme injusticia a que estaban condenados los que no tenían tierras propias y debían labrar las de otros, que eran la inmensa mayoría. Quizá por ello, y por no poder atender personalmente sus fincas cuando murió su mujer, Juan Bravo creó un censo fetosín para que se beneficiaran tanto los vecinos de Muñoveros como el Concejo, a la vez que garantizaba un bien para sus hijos. Según se puede ver en las memorias de D. Sergio García (“El Tío Sergio”), vecino del pueblo, Juan Bravo tenía en propiedad “572 obradas de cuatrocientos estadales cada una, en este término municipal, dedicadas al cultivo de cereales que producen trigo, cebada, centeno, leguminosas, etc.” Este censo enfitéutico quedó constituido por D.Juan Bravo de Lagunas, en escritura pública el 17 de Abril de 1513 con las siguientes condiciones: quedó dividido “en 64 suertes que corresponderían una a cada vecino”, cedidas en propiedad mediante carga anual y para siempre de “una fanega de trigo y quince celemines de centeno”, y por último “no era transmisible de padres a hijos; si fallecía el padre, la viuda lo seguía disfrutando, y una vez fallecida, pasaría la suerte del censo al vecino que entraba nuevo y así sucesivamente”. Este censo fue extinguido, como otros muchos de la provincia, a finales del siglo XIX, y con él la propiedad de sus herederos sobre esas tierras.
Descanso eterno
Tras la batalla de Villalar en 1521, donde Juan Bravo fue ajusticiado, su cuerpo fue traído a Segovia, donde se enterró en el antiguo convento de Santa Cruz. Sin embargo en 1921, en que se levantó el monumento al héroe en Segovia, se puedo comprobar con sorpresa que sus restos habían desaparecido de la sepultura. ¿Sería entonces cierta la tradición oral que, generación tras generación, había mantenido que Juan Bravo estaba enterrado en Muñoveros? Parece ser que, temiendo sus amigos que la tumba fuera profanada, en secreto trasladaron poco después el cadáver hasta el pueblo que tanto quería, para proporcionarle así el eterno descanso. Nadie debió saber esto, excepto sus amistades más íntimas que supieron guardar el secreto. Parece ser que inicialmente su cuerpo se colocó bajo el altar de la Purísima, en el interior de la iglesia, bajo una losa en la que dicen se podía leer una inscripción, hoy en día casi ilegible. Tiempo después, al colocar el nuevo piso de la iglesia, según manifestaron algunos ancianos, la lápida fue situada en la puerta de entrada al templo, quizá el lugar más inadecuado para su conservación. Al hacerlo, debieron colocar bajo ella los huesos que desde el principio cubrió, y grabaron en ella una cruz y las palabras “AQUÍ ESTÁ”, que se pueden leer con claridad. Intentando interpretar la antigua inscripción, parece tratarse de una especie de criptograma compuesto por una C formando un semicírculo invertido dentro del cual se lee, aunque ya muy borradas, una “J” y una “V” (Comunero Juan Bravo).
En 1921, el Ayuntamiento de Segovia realizó una excavación en este lugar donde hoy se encuentra la losa, hallando los restos mortales y encargando se guardaran en la sacristía del templo para su custodia y futura investigación, ya que en aquellas fechas no era posible un análisis como en la actualidad. Pero lamentablemente, por descuido o ignorancia, los huesos hallados han desaparecido, quizás arrojados a un osario común, por lo que su estudio se hace ya imposible.
En el Ayuntamiento de Muñoveros se guardan las antiguas armas del Comunero Juan Bravo y una escultura de J.A. Abellá que representa a Juan Bravo a los pies del patíbulo, incluso una plaza del pueblo lleva su nombre. En el año 2005 se celebró el hermanamiento entre las poblaciones de Atienza y Muñoveros, queriendo con ello sellar la relación entre los dos pueblos unidos por Juan Bravo. Atienza fue donde nació y Muñoveros su último destino.
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