Muerte, religión, simbología y tradición, son conceptos que han cambiado significativamente con el paso del tiempo hasta nuestros días. Recordar nos ayuda a conocer y comprender nuestro pasado
El pasado día 1 de Noviembre hemos celebrado el Día de Todos los Santos, y como todos los años, hemos repetido el ritual de acudir a los cementerios a llevar flores y rezar a nuestros seres queridos que ya no están con nosotros.
Es esta una costumbre religiosa, una tradición de culto que se ha transmitido a lo largo de las generaciones y que pone de manifiesto una simbología arraigada en lo tradicional, pero que sigue estando vigente en una sociedad como la nuestra. Una tradición religiosa que es al mismo tiempo una celebración festiva, porque el catolicismo se ha hecho cultura en nuestra sociedad y como parte de ella, de nuestras tradiciones, todos las celebramos de manera popular.
Hoy, la tradición de este día ha quedado únicamente en una visita al cementerio para adornar con flores las lápidas, y en oficiar en todas las iglesias misas en memoria de los que ya no están; pero antes era muy diferente la manera de vivir este día, al igual que otras celebraciones.
Ya no se escucha el “toque de Ánimas” con el que la gente se recluía en sus casas a partir de las siete u ocho de la tarde, y con el que las campanas tocaban “a clamor” hasta las doce de la noche, infundiendo respeto y hasta miedo en el silencio y oscuridad de la noche. También era tradición muy arraigada la “Novena de Ánimas” durante los nueve primeros días del mes y aún en algunos lugares se sigue haciendo, aunque la falta de sacerdotes en unos y el abandono de las costumbres en otros han hecho que se dedique a tal fin únicamente el día siguiente, el 2 de Noviembre. Los sacerdotes solían rezar un “responso” donde se le solicitaba, gratificándole con pan o dinero, con la consiguiente satisfacción del ordenante al pensar que había cumplido con sus muertos.
Algo que no se ve en las iglesias durante la Novena de Ánimas desde hace más de cien años, es la instalación de un “catafalco”, un artilugio enorme revestido con un manto de terciopelo negro sobre el que se colocaba una almohada con el símbolo de la muerte, y a su alrededor seis u ocho candelabros altos encendidos. Entre catafalco, candelabros, signo de la muerte, velas encendidas y oscuridad, la iglesia presentaba un aspecto fúnebre y sobrecogedor.
Ahora ya no se hace nada de esto, vamos perdiendo nuestras propias costumbres y adoptando otras que nos vienen de fuera, como la americana de celebrar el 31 de octubre, la noche de Hallowen...donde vamos a llegar!
Costumbres antiguas
No obstante, con el paso del tiempo, todo lo relacionado con la muerte y su sentido, ha ido cambiando. Antes, el tema de la muerte y su simbología, adquiría unas magnitudes muy importantes, que como otras tradiciones, iban pasando de padres a hijos, y que estaban aún más arraigadas en el ámbito rural, donde algunas de ellas han perdurado casi hasta nuestros días.
Existían en casi todos los pueblos de Segovia, y aún existen en algunos aunque con ciertos cambios, Cofradías o Hermandades que tenían como objeto el acompañamiento al cementerio y entierro del cadáver del hermano fallecido. Antes no había enterradores y esta tarea era encomendada a los vecinos, que por orden debían ocuparse de esos menesteres, y sólo en el caso de ser el difunto padre, hermano o hijo, eran sustituidos en esta fúnebre tarea por otras personas.
Una costumbre que se sigue manteniendo en todos los pueblos es la de dar el clamor cuando alguien fallece, pero hay otras que han ido desapareciendo poco a poco como el hecho de velar al muerto en la casa del mismo, y todo lo que este ritual llevaba consigo:
Ponían el cadáver en el suelo sobre una manta, con los pies en dirección a la calle o puerta de salida, y en la pared más próxima a la cabecera colgaban un crucifijo.
Se le amortajaba con la mejor ropa que tenía tapándole normalmente la cara con un pañuelo, y se le colocaban las manos sobre el pecho, cruzadas si era hombre y sin cruzar o extendidos los brazos a lo largo del cuerpo si era mujer, colocándola en ocasiones un rosario o escapulario. Antiguamente eran sólo las mujeres las que iban a velar, incluso en algunos pueblos como Caballar, se establecía un turno para hacerlo entre todos los vecinos. Se rezaba continuamente el rosario y en la zona de la sierra, se conservaba hasta hace poco la costumbre de que fuera una mujer a casa del difunto a llorar y rezar hasta que sacaban al cadáver para enterrarlo, la “plañidera”.
Al sacar el cadáver de la casa mortuoria y ponerse en marcha la comitiva, iban en primer lugar los chicos de la escuela con su maestro, los enterradores con las andas, el señor cura y el resto del cortejo, yendo en último lugar las mujeres. Cuando pasaba un entierro los que le encontraban se arrodillaban, se santiguaban y rezaban un padrenuestro por el descanso del alma del muerto, aunque no le conocieran.
Aunque en algunos pueblos pequeños aún se sigue velando a los muertos en las casas, la mayoría de la gente acude a los tanatorios, por lo que todas estas tradiciones han ido cambiando, ocurriendo lo mismo con el luto, que de durar años ha ido acortándose hasta nuestros días, en que no se le da la misma importancia.
En las iglesias de los pueblos se guardaba orden riguroso para la colocación de los que asistían a ellas. Los mozos subían a la tribuna, los casados se quedaban a la derecha e izquierda y en el centro se ponían las mujeres en sus reclinatorios, ocupando cada una su “sepultura”, o sea el espacio que en tiempos antiguos, cuando se enterraba en los templos, estaba designado para el enterramiento de cada familia. Durante el primer año la sepultura de la familia del muerto más reciente, estaba todos los días cubierta con un paño, y sobre él se ponían velas encendidas y monedas que se entregaban al cura cuando rezaba el responso después de la misa.
Con el tiempo han ido variando las costumbres de enterramiento. Hasta finales del siglo XVIII, los más pudientes eran enterrados en las iglesias previo pago de una cantidad que no estaba al alcance de cualquiera. Posteriormente se enterraba en el cementerio, habilitado como tal un espacio alrededor de la iglesia, pero desde hace años se han ido haciendo nuevos cementerios a las afueras, algunos en ermitas alejadas del casco urbano, ya que “es poco sano y ofende la salud pública”, dice la orden gubernamental.
En definitiva, todas estas costumbres han ido cambiando por completo con el paso del tiempo, y hoy, nos resultan lejanas, extrañas y hasta desconocidas. Pero han sido parte de la forma de vida de nuestros padres y abuelos, de su fe y sus creencias.
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