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Las casillas de los peones camineros

Formando parte de nuestra historia pasada, hoy son solamente un vestigio, un leve recuerdo de un oficio y una forma de vida de ayer

Solas, vacías, muchas veces derrumbadas, siguen ocupando un pequeño lugar junto a nuestras carreteras, pero son tan sólo una muestra de las muchas que hubo en otro tiempo y en otros lugares. Han dado cobijo a los peones camineros y a sus familias desde el s.XIX, extendiéndose a lo largo de todas las carreteras generales. Con el paso del tiempo y los cambios en la forma de trabajar, fueron abandonadas, y en muchos casos, destruidas por quien veía en sus piedras un material útil y aprovechable. La mayor parte han desaparecido, al ensancharse o modificarse las carreteras, pero aún podemos encontrar algunas de ellas en nuestra comarca, que han superado los avatares, los cambios, y el paso del tiempo.

En el pasado
Fueron construidas por el Ministerio de Fomento en las carreteras nacionales, antes de que algunas fueran trasferidas a la Junta de Castilla y León. Ya en 1852 hay datos de una orden disponiendo su construcción y características. Estaban situadas al pie de las carreteras, cada pocos kilómetros y a lo largo de todo su recorrido. Cecilio Lobo, hijo de caminero, nacido en la casilla de La Puebla y que vivió en la de Escobar, el último destino de su padre, recuerda cómo eran y cómo se vivía: “estaban en principio pensadas para dos camineros, pero en muchos casos la convivencia se hacía difícil, y normalmente vivía en ellas sólo uno con su familia. Tenían un portal común por donde entraban las caballerías hasta el corral, situado en la parte posterior, una sala y dos alcobas, y una gran cocina con chimenea, incluso en algunos casos un horno donde se cocía el pan”. Solían tener algunos animales para el sustento de la familia. Pero no era fácil la vida en ellas, como nos cuenta Cecilio, “no teníamos luz ni agua; sobre todo era duro para las mujeres de los camineros, solas en medio del campo, sin vecinos ni nada alrededor”. Sólo la parada de alguien que preguntaba la dirección hacia algún lugar, y es que, al estar situadas junto a la carretera, hacían las veces de puntos de información, incluso prestaban ayuda a quien lo necesitaba.
El trabajo de los peones camineros consistía en acondicionar su tramo correspondiente de carretera, normalmente 5km. que recorrían a pie. Entonces las carreteras estaban “blancas”, y ellos tenían que arreglar los baches, recebar, limpiar las cunetas y alinearlas con la ayuda de unos clavos y una cuerda. Con el tiempo, según nos cuenta Abilio Berzal de Valleruela de Pedraza, caminero durante 40 años, los baches se arreglaban con gravilla y betún, el que ahora se utiliza para el aglomerado. Había también camineros, como él, que no vivían en casillas, sino en los pueblos, normalmente los que trabajaban en carreteras locales. A finales de la década de los 60, las carreteras se empezaron a “poner de negro”, comenzando a trabajar con maquinaria y desapareciendo el trabajo tradicional del caminero, así como deshabitándose poco a poco las casillas.

El recuerdo
Hasta ahora han ido desapareciendo la mayoría de ellas, pero aún podemos encontrar algunas en nuestra comarca, que exceptuando la de Otones, se sitúan en la N-603 y CL-601, como la de Revenga, El Espinar, Valsaín, Quitapesares, o las de San Rafael y Juarrillos, utilizadas por el Ministerio de Fomento. Desde aquí el recuerdo de tantos camineros que trabajaron en nuestras carreteras: Florentino y Frutos en Escobar, Agustín en Otones, Casimiro en Torreiglesias, Segundo y Genaro en Torre Val, Francisco en Muñoveros, Víctor en El Guijar, Miguel en La Velilla, Mariano en Arevalillo, Francisco en Rebollo... y muchos más que ejercieron un oficio que hoy forma parte de nuestra pequeña historia.

 

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