En un valle formado por dos cerros que le dominan por el este y oeste, se encuentra casi como un pueblo fantasma, Valdevacas (Segovia).
Se compone este municipio de dos poblaciones o barrios, Valdevacas y El Guijar, distanciadas poco más de medio kilómetro la una de la otra. Antiguamente la capitalidad correspondía a Valdevacas, donde estaba el ayuntamiento y la iglesia parroquial. A lo largo del tiempo el vecindario se fue trasladando a El Guijar, o a otros lugares, sobre todo a partir de 1950, quedando Valdevacas prácticamente despoblado.
Recurriendo al Catastro del Marqués de la Ensenada (1751), la población se llama “el lugar de Valdevacas y su barrio El Guijar, todo un concejo”. En el vecindario eclesiástico de 1772 se le asignan 112 vecinos y Miñano en 1826 le asigna 120 vecinos y 491 habitantes, que “son labradores, ganaderos, trashumantes o artesanos”. Según el Diccionario Geográfico de Madoz (1850) los habitantes ascienden a 421, repartidos en 40 casas Valdevacas y 84 casas El Guijar; el censo de 1950 llega a 173 habitantes de derecho.
En la actualidad cuenta únicamente con un vecino estante, Lorenzo, que pastorea el rebaño de ovejas por la lastra, el monte y los rastrojos, y cultiva con su tractor unas cuantas obradas de secano. Sus padres fueron durante muchos años, los únicos habitantes de Valdevacas, los demás hijos emigraron a Madrid y él quedó en el pueblo. Ahora algunas antiguas casas se han restaurado, y los hijos y nietos de aquellos que antaño fueron sus habitantes, vuelven a ocuparlas en verano. Muchas otras van hundiéndose poco a poco entre el abandono y la soledad. Algunos han optado por una casa de nueva construcción buscando un lugar tranquilo donde vivir, y lo han encontrado.
Nos acercamos a ver la imponente iglesia de Valdevacas, que fue históricamente importante, y guarda entre sus muros siglos de historia y secretos a voces.
Un magnífico templo neoclásico levantado sobre el antiguo templo románico en 1557, según indica una inscripción en la torre. Construido de piedra de sillería y de notable factura, posee una sola nave, como explicaba Madoz “con 78 pies de longitud por 27 de latitud, con un buen crucero y 5 altares de regular construcción”. El templo estaba dedicado a la Exaltación de la Santa Cruz, pero el pueblo prefería la advocación de Nuestra Señora de la Soledad, que tradicionalmente llamaban la Soldadesca, cuya fiesta celebraban el segundo domingo de septiembre. Charlando en El Guijar con Javier, el teniente de alcalde, me dice con nostalgia: “Íbamos los de El Guijar a la fiesta y todos los domingos a misa. Era una iglesia preciosa, una maravilla. Ahora…”
El abandono
Como decía Javier, efectivamente, hermosa era la iglesia de Valdevacas, hoy arruinada y desmantelada por la incuria y rapacidad de algunos, desde la década de los 70 en que comenzó su devastación; un pasado ilustre arrasado y saqueado. Las losas fueron levantadas, el suelo movido una y otra vez, las tumbas profanadas, en busca de quien sabe qué, quizás pregonados “tesoros”.Todo el edificio devastado, levantadas las cubiertas, vendidas las tejas y demás materiales negociables.
El valioso retablo barroco del altar mayor se trasladó a la capilla del Hospital de la Misericordia, de Segovia. Una imagen románica de Santa María de gran valor y antigüedad, procedente del antiguo templo románico, se llevó al Palacio Episcopal, para el Museo Diocesano. La hermosa pila bautismal, también románica, fue a parar a manos de un particular…
Para entonces Valdevacas había quedado prácticamente despoblado, pero los naturales del pueblo, aunque vivieran en otros lugares, siempre culparon del desastre a los de El Guijar, particularmente al cura y al alcalde. Según ellos, éstos nunca se molestaron en reclamar a las autoridades competentes que se restaurara y recuperara la iglesia, muy al contrario, permitieron que todo esto ocurriera. Fue ya hace varias décadas, pero la gente recuerda la dejadez y el abandono con el que actuaron los que eran las principales autoridades del pueblo. Dicen que “el alcalde era forastero, y que como es natural, no podía entender ni amar las cosas del pueblo, y del cura…mejor no hablar”.
Y entre el desamor y el egoísmo, ocurrió lo que ocurrió. Lo peor es que el de Valdevacas no sea el único caso, y que esto haya sucedido en otros muchos lugares.
Con ello recordamos lo que Garcí Ruiz de Castro (1513-1590), prestigioso escritor e historiador de la ciudad, cuenta en una de sus obras (“Comentario sobre la primera y segunda población de Segovia” -1551-) Dice que en el año 1542 se halló una piedra que decía con letras grandes: “Segovia de la Sierra/ quien en ti nace no medra/ de fuera vendrá/ quien en ti medrará”
Hoy…
…Tan sólo es una sombra de antaño, pero mantiene la belleza del gran templo que fue, importante en la vida de las gentes de Valdevacas y El Guijar.
Observando sus muros, aún encontramos la huella de su pasado románico. Embutidos en el muro de mediodía se pueden ver cinco arcos cegados con sus columnas y capiteles, pertenecientes al viejo atrio románico, como queriendo descubrir su historia pasada. También una pequeña portada en gran parte enterrada, en la pared del norte.
En la fachada sur, la portada neoclásica enmarca hoy en día una gran puerta que ha faltado durante muchísimos años, pero que ahora cierra el paso a la tristeza y soledad interior. Hace aproximadamente año y medio que se pusieron las dos puertas de entrada, la de subida al campanario, y se retejó por completo. Un paso importante en su mantenimiento externo, que abre la pequeña esperanza de una posible recuperación interior. ¿Cuándo?
En la torre, debajo de la cornisa y sobre la ventana de la derecha, se lee esta inscripción: “Año de 1557. Cotera”. De nuevo, como en tantos otros templos de la provincia de Segovia, encontramos la firma de Juan de la Cotera, maestro de cantería oriundo del Valle de Ruesga, que trabajó por estas tierras intensamente en la segunda mitad del siglo XVI.
Hablando de la torre, y haciendo un inciso, me viene a la mente una historia que alguna vez me ha contado mi padre y que él conoció por vivir en un pueblo bastante cercano. Ocurrió allí en Valdevacas hace más de cincuenta años, que una señora se tiró desde el campanario y como entonces se usaba manteo, al tirarse de pie, éste se hinchó con el aire y llegó hasta el suelo sin ocurrirla nada. Fue gracias a la ropa que llevaba, pero a buen seguro que Nuestra Señora de la Soledad hizo su parte.
En el patio cercado, situado delante de la fachada sur del templo, se conservan aún varias cruces votivas y un calvario de piedra, formando un conjunto de gran belleza.
Nos acercamos hasta ellas y en las peanas vemos letras casi borradas por el paso del tiempo. Aunque con dificultad, podemos leer las siguientes inscripciones: ”Dieron esta cruz de limosna Tomás Martín de Belasco y su mujer María Benito. Año de 1733”. En otra: “Ave María. Juan Martín de Belasco García González y su mujer Ángela Contreras pusieron esta cruz. Año 1733”.
Éstos últimos oferentes al parecer vivieron en una de las últimas casas del pueblo, luego convertida en cija, en el camino de Arahuetes. Aún hoy, en el dintel de piedra caliza de una de las ventanas de la planta alta está grabada esta leyenda: “Por mandado de Juan Martín de Velasco y su mujer Ángela Contreras. Ave María. Año de 1738. Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar”
El recuerdo vivo de esas gentes, vecinos y vecinas de Valdevacas, cuya fe, mantenida de generación en generación, dirigía toda su vida. La misma fe que les llevaba a su iglesia, con la misma que la querían y cuidaban como lo que era, algo propio. Todos recuerdan a un buen cura que hubo en el pueblo, y como decía Javier con pesar: “Si Don Vidal levantara la cabeza y viera ahora la iglesia, volvía a morirse de pena”.
Una última mirada a sus silenciosos muros nos produce esa pesa, la de la ruina y destrucción de la cultura, el arte y la belleza.
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