Hoy todo ha cambiado, el consumismo que nos invade es quien dirige las fiestas navideñas y los regalos ocupan un lugar importante en estos días. En las calles, la música y las luces nos pregonan que ya es Navidad.
Pero lejos del bullicio y el colorido, están nuestros pueblos, esos que a pesar de los cambios, aún conservan en estos días el encanto y la sencillez de las navidades de antaño…
No habría luces de colores, ni escaparates llamativos ofreciendo regalos, pero la Navidad en los pueblos tenía un sabor especial.
Después de un año de duros trabajos en el campo o pastoreando con los rebaños, llegaba la Nochebuena. Los hombres dejaban sus faenas y las mujeres no quedaban para hilar como hacían el resto de noches del año. La familia se reunía alrededor del fuego en una noche en que el mejor y único regalo era la compañía de los tuyos. La cena era humilde, al menos en la mayoría de los hogares se comía lo que había, que normalmente no era mucho, pero que ese día sabía mejor. Algo de verdura acompañada de cerdo de la matanza, o con un poco de suerte chicharro, y no faltaban las castañas cocidas, nueces, higos o piñones. El turrón era el típico “cagaíllo”, que se elaboraba quemando azúcar y si se podía se le añadía algún fruto seco, para echarlo a continuación en un plato de porcelana previamente untado de aceite para que no se pegara, y una vez frío partirlo en trocitos. Cuántas veces mi madre ha recordado el momento de chupar la cuchara con la que se había removido…
Con la piel rota de la vejiga del cerdo que se inflaba el día de la matanza, se hacía una zambomba que después servía para acompañar los cánticos de los villancicos. Los niños iban por las calles cantando y pidiendo el “aguinaldo” por las casas, donde les daban nueces, piñones o algún que otro dulce..
“Pedimos el aguinaldo, somos niños de la escuela,
pedimos el aguinaldo porque hoy es Nochebuena.
Queremos piñones, castañas y nueces,
naranjas, limones, higos y cacahuetes.
Todo lo pedimos y nada nos dan,
antes de las doce a Belén llegar.
Todo lo pedimos por amor de Dios,
huevos y castañas, cajas de turrón”
En algunos pueblos ese día se “cencerreaba”, recorriendo las calles con cencerros atados a la cintura o con esquilas, entonando cantos típicos de estas fechas ya casi olvidados. La “misa del gallo” o “la misa pastorela” son algunos recuerdos de esa noche tan especial.
Al día siguiente, Navidad, se iba a por lo que se llamaba “la colación” a casa de los familiares y en algunos pueblos el señor cura daba el aguinaldo a los niños después de la misa mayor y ellos cantaban:
“Señor cura, señor cura,
reparta bien las castañas,
que a los unos les da muchas
y a los demás nos engaña.”
La Nochevieja se ha celebrado también en nuestros pueblos de una u otra forma. Normalmente había uvas en todas las casas, ya que era habitual tener viñas y desde que se vendimiaba, la uva se conservaba en el sobrao sobre paja de centeno hasta las fechas navideñas. A veces se tomaban ya las uvas cuando estaban pasas, servían igual. No era como ahora, pero cuando el reloj daba las doce, se tomaban con la misma ilusión y alegría, pidiendo al año que comenzaba los mejores deseos. Cuando la radio llegó a los hogares, aquellos que la tenían se reunían a su alrededor para escuchar las campanadas, y ya con la televisión, la emoción y expectación aumentaba, reuniéndose en muchos casos en torno a la única televisión que había en el pueblo, la del teleclub.
Sin duda otro día especial en las navidades de antaño era el día de Reyes, sobre todo igual que ahora, para los más pequeños.
Esa mezcla de alegría y nerviosismo durante la noche anterior, para levantarse al día siguiente corriendo y asistir al milagro de ver algún regalo sobre la mesa del comedor, junto al belén, o en las zapatillas que se dejaban a la ventana. Siempre ha sido éste un momento mágico e irrepetible, aunque antes no hubiera como ahora, juguetes, y los regalos consistieran normalmente en alguna castaña, nueces o algún que otro dulce. Era la época de nuestros abuelos y padres; después con el tiempo, alguna prenda de ropa, un juguete sencillo o material escolar, como aquél plumier de lápices de dos pisos que muchos recordarán, y más tarde los primeros juguetes que otros recordamos…
Ahora, que los tiempos han cambiado, los juguetes son más perfectos, y sobre todo más abundantes, pero creo que aquella ilusión que los niños de entonces sentían y sentíamos en aquella mañana del 6 de Enero, no puede ser superada por los pequeños de ahora, más acostumbrados a regalos el resto del año.
Nuestros Reyes Magos tienen que competir con ese gordinflón personaje que se nos ha colado en nuestras costumbres navideñas, y que ha conseguido invadir nuestras ciudades y pueblos con su regordeta figura escalando balcones; pero esos tres reyes seguirán siendo los protagonistas, porque forman parte de nuestra memoria y nuestra cultura como pueblo.
Momentos todos irrepetibles en fechas señaladas que forman parte de nuestra cultura, nuestra historia y nuestra vida. A todos, Feliz Navidad.
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